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Copenhagen, Dinamarca

Copenhagen: La tradición que innova

Las paradas que se hacen en un crucero presentan desafíos. Si el destino es desconocido hay que saber elegir de acuerdo a los propios gustos aquello que no deberíamos perdernos. De lo que se trata es de administrar bien el tiempo.

 

Si ya estuvimos antes y conocemos el lugar entonces podremos perder un poco la condición de turista (que va a lugares predeterminados) y acercarnos a la de viajero (que anda a merced de lo arbitrario).

 

Centro de Copenhagen

Centro de Copenhagen. Foto Sebastián Arauz

Copenhague no nos es desconocida, de manera que pude volver a sus calles relajado y andar a mi aire sin tener que tildar los casilleros de la lista de imperdibles. Desde la Terminal de Cruceros tomamos el bus 25 que nos dejó en el centro. Optamos por un ticket de todo el día, que sirve para los transportes urbanos, incluidos los acuáticos. Cada ticket cuesta 80 coronas danesas, es decir unos 12 dólares. No es barato, pero nos resultó conveniente.

 En los lugares conocidos algunos gestos se tornan ritos. No importa que lo que hagamos tenga ribetes espectaculares, entremos a sitios deslumbrantes o sea un hito mundial. Es simplemente algo que tal vez hicimos la primera vez y luego repetimos como una manera de decir ¡otra vez acá! En Copenhagen nuestro rito es tomar un café en dos sitios. Uno en un lugar muy lindo en la peatonal, dentro de un edificio en el que había que atravesar un patio. Esta vez no pudimos. Se está renovando o cerró.

El otro sí pudimos cumplirlo. Lo tomamos en el mercado Torvehallerne, allí en la calle Frederiksborggade, donde funciona el The Coffee Collective. Luego hay que recorrer el mercado para disfrutar de los colores y aromas de todo lo que allí se vende. Pasear por la céntrica Strøget es también un ritual ineludible en esa ciudad, como también -y acaso más- deambular por la típica postal de la ciudad: Nyhavn (literalmente puerto nuevo). El canal, los viejos barcos amarrados, las típicas casas de frentes triangulares con fachadas de color y sus restaurantes y cafés… Se extiende desde Kongens Nytorv hasta el puerto, justo al sur del Teatro Real.

Al llegar habíamos preguntado qué hay de nuevo a la señora que nos atendió en el puesto de información turística que funciona a la salida de la Terminal de Cruceros. Su respuesta fue Reffen y enseguida nos lo marcó en el mapa. Se trata de un espacio de 6.000 m2 ubicado en terrenos abiertos en la misma orilla de la bahía en la que está la Ópera de Copenhague pero más o menos a la altura del Castelet, dedicado al street food (comida callejera).

 

Food trucks en Reffen, Copenhagen

Food trucks en Reffen, Copenhagen. Foto Sebastián Arauz

 

Llegamos en el bus acuático que teníamos incluido en el ticket del transporte. El barrio se llama Refshaleøen (menos mal que lo llaman Reffen). Los puestos de comida están hechos en contenedores. La atmósfera es joven, distendida, descontracturada. La estética del ambiente contrasta con la de una ciudad típicamente nórdica, que si bien tiene un carácter austero es ordenada, prolija, impoluta. Reffen es más artesanal, creativo… es decir más informal. Acaso sea una estética pensada en términos marketineros (me hizo acordar a los ruin bars de Budapest) pero es muy acogedor y convocante.

 

Hay decenas de puestos con comida étnica de muchos lugares del mundo. Luego de pedir cada uno lo suyo puede ir a comerlo a mesas, reposeras o donde le plazca. Yo, respondiendo a mis antecedentes piemonteses, me atreví con un plato de polenta. Estaba hecha con queso gorgonzola tenía un toque gringo pero que no le quedaba mal: crispy bacon. Costó 85 coronas danesas, unos 13 dólares ¡glup!

Luego de saludar a algún que otro argentino que trabaja por ahí, como Esteban Orsi por ejemplo, volvimos a desandar camino otra vez en el colectivo lancha. Pasamos nuevamente por la Ópera que en 2004 donó al país Maersk McKinney Moeller, el millonario dueño de los contenedores Maersk. Vale la pena visitarla.

 

Zona Reffen, Copenhagen

Zona Reffen, Copenhagen. Foto Sebastián Arauz

Por supuesto hay muchas cosas más en esta ciudad, como los museos, el parque de diversiones Tívoli, o Christiania y su ambiente de aire hippy… claro también la famosa sirenita, obra de Edvard Eriksen allí en el paseo de la costa Langelinie que si bien mide un metro y medio es el símbolo de Copenhague. Ah!  si tiene tiempo hágase una escapada a Elsinor para conocer Kronborg, el castillo que inspiró a Shakespeare para escribir su Hamlet.

Lo que no mencioné aún y es con lo que debí empezar estas líneas fue el sol. Un día inmejorable, sin una nube… y todos los daneses disfrutándolo. Así dejé la ciudad. El Regal Princess llamaba para seguir viaje a Estocolmo.

 

Centro de Copenhagen

Centro de Copenhagen. Foto Sebastián Arauz

 

 

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Nino es periodista y gestor cultural. Fue corresponsal durante 18 años del Diario La Nación y dirigió el Centro Cultural Victoria Ocampo (Villa Victoria) en Mar del Plata. Presidió el Ente de Cultura de la Municipalidad de Gral. Pueyrredón y el Gabinete Social del Instituto Cultural de la Prov. de Buenos Aires.

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