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Puerto Argentino, Islas Malvinas

Las Malvinas, en una escala diferente

Este verano, más de 5000 argentinos se embarcaron en distintos cruceros con Puerto Argentino en su itinerario; cómo es esa parada y qué se puede ver en unas pocas horas.

Hay dos maneras de llegar a las islas Malvinas, en alguno de los cruceros que durante el verano las incluyen como una parada más en su itinerario o en avión.

En el primer caso, hay cruceros que van y vienen de Buenos Aires a Valparaíso o más lejos, como los de las compañías Princess Cruises, Norwegian, Oceanía y Regent, y los que también llegan a la Antártida como Hurtigruten, Seabourn, Quark Expeditions, Silversea y Holland America. Por su parte, P&O pasa por Buenos Aires proveniente de Londres. Todos ellos tienen a las islas Malvinas como destino.

Los precios varían de acuerdo al tipo de barco y la ruta. El rango de tarifas va desde 1200 a casi 40 mil dólares por viajes de dos semanas o 19 días. Los más caros suelen ser específicos para los amantes de la naturaleza. Tienen especialistas como guías y bajan en gomones a sitios inaccesibles para los grandes buques.

Si la opción es el avión la estadía en Malvinas será de una semana: esa es la frecuencia mínima de vuelos.

Diez horas

Quienes arriben a Puerto Argentino (Stanley en su versión inglesa) por barco disponen de 9 a 10 horas en esa parada. Generalmente, los cruceros llegan a las 8 de la mañana y zarpan a las 5 o 6 de la tarde. Hay que tener presente que, como en ese puerto no hay muelle (y aún en los que lo tienen también puede suceder), las condiciones del tiempo, especialmente el viento y la marejada, pueden frustrar el desembarque.

En el caso de Malvinas, los pasajeros bajan en tenders (pequeñas embarcaciones para unas 80 personas). Si el viento o las condiciones del mar son inconvenientes, tanto el capitán del barco como las autoridades portuarias no autorizan la bajada. En la mayoría de los casos no se presenta ese problema, pero a veces ocurre.

En cierta ocasión, la imposibilidad fue regresar al barco. Debió pedirse alojamiento en casas particulares. No fue fácil. Había bajado del crucero más gente que la que habita la ciudad.

El archipiélago está formado por dos islas principales, Gran Malvina, al oeste, e isla Soledad, al este, donde se encuentra la capital. El barco se acercará a la ciudad penetrando en lo que se conoce como bahía Yorke. Se encuentra 2,4 kilómetros al norte del viejo aeropuerto y 6,4 al noreste de la ciudad. Desde allí, al mirar por la borda hacia el este se ve una playa con colonia de pingüinos de Magallanes.

El barco deja caer sus anclas. La lancha espera. Hay unas cuantas horas para pisar y recorrer el suelo malvinense. Para pasear por la ciudad no se necesita tomar ningún transporte o excursión. Todo se puede hacer a pie. Allí viven tan solo 2121 personas según el último censo, en tanto que la población entera de Malvinas es de 2841, sin contar los alrededor de 2000 militares que ocupan la nueva base de la Royal Air Force británica en Mount Pleasant, a 48 kilómetros de Puerto Argentino.

 

En la ciudad

 

Christ Church Cathedral

Foto: Sebastián Arauz

El primer paso en tierra firme se da al dejar el pequeño muelle en el que amarra el tender, sobre la Ross Road. Esa es la avenida costera que se impone caminar cuan larga es. Allí todo es típicamente inglés. Las casas, la estética de sus pequeños jardines, los autos circulando por la izquierda, los pubs.

Nombrar la ciudad ya es un tema. Es un asentamiento que no existía cuando los argentinos ocupaban las islas y por tanto no tenía nombre preexistente en español. Puerto Argentino es el nombre que en nuestro país comenzó a usarse en abril de 1982, durante la guerra de la que en los próximos días se cumplen 35 años.

A pocos metros de dejar el muelle, lo primero que se ve es un grupo de casas juntas, típicamente británicas. Datan de 1887 y se construyeron para conmemorar el jubileo de oro de la reina Victoria. Por esa razón se llaman Jubilee Villas. Sus frentes de ladrillo a la vista contrastan mucho con el resto de la arquitectura predominante. En sus jardines crecen, bien referenciadas, las distintas plantas y flores de la región. Siempre caminando por la Ross Road, en la esquina de Dean St. está la catedral anglicana más austral del mundo, consagrada en 1892. Es la llamada Iglesia de Cristo. Su imagen se encuentra en el reverso de la libra malvinense. Antes, en ese mismo predio, estaba la Iglesia de la Trinidad, que fue destruida por un deslizamiento de turba en 1886.

Lo más curioso de esa iglesia es que en sus jardines delanteros hay un arco hecho de mandíbulas de ballena. Fue levantado en 1933 para conmemorar el centenario de la dominación británica en Malvinas.

A 200 metros está la iglesia católica Santa María. Es un templo de estilo victoriano, típico de muchas estructuras coloniales, construido en 1899.

Justo enfrente de esta Iglesia, cruzando la Ross Rd. hacia el agua, funciona el Museo de las Islas Malvinas. Muestra a visitantes y residentes la historia, el desarrollo, la forma de vida y las tradiciones del archipiélago y sus habitantes. Antes ocupaba otros edificios. El actual se inauguró en 2014.

Hay dos salas dedicadas a la guerra de 1982, en la que cayeron 649 argentinos y 255 británicos. Esta es nuestra versión de la historia, puede leerse en un cartel a la entrada de esas salas. Testimonios, cartas de argentinos y de ingleses, dan carnadura a la tragedia de 35 años atrás. Hay también monturas de gauchos argentinos y uruguayos llegados entre 1820 y 1850. Imperdible.

La Casa del Gobernador, sin tener la suntuosidad de estas residencias en otros países, igual se destaca por la sencillez del entorno. Fue construida en 1840 por el gobernador Moody y desde entonces ha tenido diversas ampliaciones. Sin muros perimetrales, sus jardines son disfrutados por los caminantes.

En el paseo costero se encuentra emplazado el memorial que conmemora la acción naval entre las flotas británica y alemana en las islas Malvinas el 8 de diciembre de 1914. Muy cerca, una curiosidad: el camino del sistema solar diseñado por el escultor local Rob Yssel. Se supone que uno puede visitar cada planeta en ese sendero. Yo no lo intenté.

Desde que visité Malvinas por primera vez, el Jhelum va perdiendo partes de su estructura. Se trata de los restos de un naufragio ocurrido en 1914. Había sufrido averías rodeando el cabo de Hornos y terminó encallando pegado a la ciudad. Es una postal de Puerto Argentino.

Las propiedades más viejas son de 160 años. Pertenecían a los primeros colonos. Se pueden ver en Pioneer Row y Drury Street. La mayoría de las casas de la ciudad son de madera (traída en barcos, ya que aquí no hay árboles) con techos de hierro corrugado. Los colores brillantes y la carpintería decorativa son características de esta ciudad.

En total hay ocho pubs y restaurantes, lugares en los que es posible comer y tomar cerveza, aunque generalmente embotellada. El restaurante del Hotel Malvina y el Warerfront, ambos sobre la Ross Rd. son muy connotados. A mí me gustó el Bittersweet, en el 58 de la St. John Street. Tiene chocolates orgánicos y comida gluten free.

Algo importante para tener en cuenta: no existen los cajeros automáticos, aunque sí se puede cambiar dinero en el banco. Muchos buscan ahí monedas locales, en cuyo anverso se encuentran imágenes de la fauna autóctona. La libra malvinense es aceptaba al mismo valor que la libra del Reino Unido. El Wi-Fi en pubs o restaurantes no es gratuito. Hay que comprar unas tarjetas cuya tarifa va de acuerdo a los minutos que se adquieran. La conectividad es muy lenta y frecuentemente falla.

 

Los residentes y el clima social

Por vivir en una isla del confín austral azotada por un clima desapacible y por ser una comunidad tan pequeña nadie podría suponer aires refinados en los malvinenses. Acertaría, pero no es menos cierto que existe una cortesía cultural que suaviza el trato. Personas sencillas pero amables, podría decirse.

Claro, ser argentino lo ubica a uno en el sitio del recelo. Indudablemente no nos quieren, pero el mentado fair play inglés logra disimular bastante ese resentimiento. Hubo momentos más tensos en los vínculos. Algunas declaraciones ásperas desde la Argentina al momento de conmemorarse los treinta años de la guerra o el plebiscito llevado a cabo en las islas para determinar si querían seguir siendo británicos complicaron las relaciones.

El trauma del conflicto no se apagó. Si se conversa con los residentes ellos se sincerarán. Podrán confesar que no quieren saber nada con la Argentina, pero esa posición no llegará al agravio. En todo caso, la hostilidad no es manifiesta. La conocida flema británica suaviza el trato.

«Me gustaría poder contactarme con alguien que haga surf en las islas ya que a un amigo que preside la Asociación Internacional de Surf le gustaría organizar una actividad con deportistas locales y argentinos», le comenté al titular de una agencia malvinense de excursiones. Su seca respuesta fue: «No va a encontrar acá a nadie interesado en acción conjunta alguna. Olvídelo».

Oí preguntar a una señora si los nombres en español que había en las islas eran de la época del dominio argentino. El joven vaciló un instante y por toda respuesta señaló una calcomanía en la que se leía Keep calm and the Falklands British (mantenga la calma y a las Falklands británicas).

Hay ocho consejeros que forman parte del gobierno local. No existen los partidos políticos y son elegidos por sus condiciones personales. Nunca sería nombrado alguien que no tenga una férrea posición frente a las pretensiones argentinas. Pero hay que provocar el diálogo para descubrirlo. Bien lo sabe la treintena de argentinos que allí viven. Adaptados, generalmente casados con lugareños o lugareñas, no son precisamente adalides de causa soberana alguna.

Los únicos espacios de sociabilidad disponibles en Puerto Argentino son los pubs. Allí se encuentra la mayoría y aparecen algunos rasgos que expresan nichos sociales, como una bandera arco iris que simboliza un espacio gay friendly en un pub. Un almuerzo ronda las 10 libras por persona (en los restaurantes más caros, 25). En un pub, una hamburguesa con una bebida cola, 6 libras y una cerveza, 5.

Quien quiera traerse un recuerdo de Malvinas podrá comprar alguna artesanía hecha de lana o alguna obra de los artistas locales. Todo lo demás es importado. Tiene su lógica en un territorio poblado por 500.000 ovejas. Es decir unas 170 por habitante.

Las excursiones: del cementerio Darwin a las colonias de pingüinos

Varias son las excursiones que se ofrecen a los cruceristas desde Puerto Argentino. En el tiempo que dura la escala se puede tomar una o a lo sumo dos, si no son muy largas.

Una de las salidas más demandadas por los argentinos es la que lleva al cementerio de Darwin, allí donde están enterrados muchos de los soldados que perdieron la vida en 1982. Queda a casi 90 kilómetros de la capital tomando la Darwin Rd. Eso implica más de una hora y media de trayecto. Es recomendable, entonces, bajar del barco lo más temprano posible. Algunas navieras ofrecen esta excursión. De lo contrario hay que contratarla con anticipación vía Internet.

Cementerio Argentino de Darwin

Foto: Sebastián Arauz

Los servicios terrestres en Malvinas son limitados por lo que es aconsejable hacer todos estos arreglos con la mayor antelación posible.

En el camino al cementerio argentino se pasa por la Base Militar (único lugar en las islas donde funciona un cine) y pueden observarse los montes Williams, Tumbledown, Longdon, Dos Hermanas y Harriet. De varios de ellos se descuelgan los famosos ríos de piedra. Se trata de la acumulación de rocas y piedras, nunca mayores de tres metros, en antiguos cauces de ríos, producto de la erosión y las glaciaciones.

Todavía hay carteles a la vera del camino advirtiendo sobre la prohibición de traspasar los alambrados en virtud de la existencia de minas que no han sido totalmente removidas a pesar de los 35 años transcurridos desde la guerra.

Ya en el cementerio de Darwin la sencillez de las tumbas y el paisaje totalmente abierto por la falta de árboles permite ver a lo lejos, junto a una entrada del mar, el pequeño caserío de Goose Green, detrás de otro más pequeño aún, precisamente llamado Darwin. El silencio que el escenario impone sólo se quiebra con el sonido del viento, generalmente incesante.

La familia real y oficiales de las fuerzas armadas británicas que visitan las islas también suelen acercarse a este cementerio a rendir honores a los soldados argentinos.

Los ex combatientes argentinos que visitan Malvinas suelen pedir ser llevados a sus posiciones durante la guerra. Muchos pisaron la ciudad una vez, pero estuvieron más de dos meses en esas trincheras. Le hice ese comentario a un ex combatiente. «Y claro, esa era nuestra casa», reflexionó. Para esas visitas hay que solicitar excursiones privadas que varios guías locales hacen en sus cuatro por cuatro.

 

Reyes y emperadores

Otra excursión popular es visitar Volunteer Point. Su principal atractivo es la colonia de pingüinos rey, el segundo pingüino más grande detrás de los pingüinos emperador. Miden poco menos de un metro y pueden pesar hasta 16 kilos. La parte superior del pecho blanco se tiñe de una coloración entre anaranjada y amarillenta. Su pico tiene una franja anaranjada.

Si bien se advierte que nadie lo haga, cualquier visitante podría tocarlos. No se espantan por la presencia humana a pesar de que muchos cuidan a sus polluelos, cuyas plumas son pardas.

Pinguinos en Islas Malvinas

Foto: Sebastián Arauz

La playa adyacente a la colonia de pingüinos es de arena blanca y el mar suele tener un color turquesa. Si tomamos fotos podría confundirse con una playa del Caribe. En la arena suelen amontonarse restos de kelp, nombre del alga que de lejos recuerda a jirones de caucho sintético negro. Las usaban antiguamente como abono y de su nombre deriva la palabra kelper, como se llamaba a los isleños antes de ser considerados ciudadanos británicos de pleno derecho. También hay pingüinos gentoo y de Magallanes.

No existen caminos. Sólo se accede con vehículos cuatro por cuatro a campo traviesa. El trayecto dura tres horas. No es recomendable para personas con problemas en sus espaldas por los bandazos que suelen dar los vehículos. Esta excursión cuesta unos 255 euros con almuerzo incluido.

Otra visita para ver pingüinos nos lleva a Rockhopper en el cabo Bougainville en el norte de la costa este. Allí el escenario de un gran acantilado es compartido por pingüinos en la base y por cormoranes rey anidando en sus paredes. Una hora y media lleva llegar de la ciudad a este lugar, donde los fotógrafos están de parabienes.

Una playa de la bahía Yorke se ha convertido en un paraíso de los pingüinos Magallanes. La explicación para este fenómeno es que dada la posición estratégica de la bahía, muy cerca de Puerto Argentino, la playa fue fuertemente minada para impedir un desembarco. Antes de la guerra el sitio era muy popular entre los residentes. Hoy, la prohibición de ingresar ha dado rienda suelta al crecimiento de la colonia de pingüinos, ya que no son perturbados por la presencia humana. Su peso hace inviable que puedan activar alguna de las minas.

Los turistas pueden acercarse a una prudente distancia y ver la vida de estas aves.

Muchas estancias pueden visitarse. Reciben turistas para compartir una experiencia rural. Los pocos caballos que hay ya no trabajan en el campo. Es común ver arrieros montados en cuatriciclos.

En cuanto a la vestimenta, hay que recomendar ropa de lluvia (los paraguas son inservibles dado el viento reinante) y ropa tecnológica contra el frío, además de calzado cómodo e impermeable. En un sólo día puede haber sol, lluvia, neblina, viento y descensos bruscos de temperatura.

Los prestatarios de excursiones, hotelería, gastronomía y demás servicios pueden consultarse ingresando en www.falklandislands.com.

 

La opción aérea

Llegar en avión a Malvinas implica quedarse como mínimo una semana. Latam, la única aerolínea que aterriza en el aeropuerto de Mount Pleasant, tiene una frecuencia semanal, que se opera los sábados, desde Santiago, con escala en Punta Arenas.

El segundo sábado de cada mes el vuelo de ida hace también escala en Río Gallegos y el tercer sábado, la escala en la capital de Santa Cruz es en el vuelo de regreso. Hay una semana de diferencia entre la ida y la vuelta de Río Gallegos a Malvinas.

El vuelo es producto de una acuerdo bilateral entre la Argentina y Gran Bretaña desde hace 15 años y, según fuentes de la compañía, registra una baja ocupación.

La tarifa promedio del ticket desde Río Gallegos es de US$ 250; desde Santiago de Chile a partir de US$ 1200. También se puede volar hasta Río Gallegos por Aerolíneas Argentinas ($ 9100 de ida y vuelta) y conectar una vez al mes con el vuelo a Malvinas de Latam.(información marzo 2017)

En la agenda diplomática está pendiente la implementación de otro vuelo más que una la Argentina continental con las islas, según expresó la canciller Susana Malcorra cuando se reunió con su par británico en septiembre de 2016. Otra compañía, American Jet, por su parte, solicitó y obtuvo la aprobación en la última audiencia pública para operar la ruta Neuquén-Comodoro Rivadavia-Islas Malvinas.

Quienes opten por ir en avión y pasar una semana en Malvinas tienen varias opciones donde alojarse. El hotel más conocido es el Malvina, que nada tiene que ver con la denominación que damos a las islas, sino que deriva del nombre de la última dueña de la propiedad antes de ser hotel.

 

Foto principal: Sebastián Arauz.  
Publicada en LA NACION (Marzo 2017)

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Nino es periodista y gestor cultural. Fue corresponsal durante 18 años del Diario La Nación y dirigió el Centro Cultural Victoria Ocampo (Villa Victoria) en Mar del Plata. Presidió el Ente de Cultura de la Municipalidad de Gral. Pueyrredón y el Gabinete Social del Instituto Cultural de la Prov. de Buenos Aires.

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Comentarios
  • Muy bueno, completo e ilustrativo el informe
    Resulta extraño la falta de acuerdos para emprendimientos y aprovisionamiento desde Argentina
    Gracias

    abril 2, 2019

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